El punto de no retorno



En el lado occidental África Central el suelo de tierra marca un camino terroso donde en otros tiempos el polvo se mezclaba con sangre. Es la ruta de los esclavos que partieron involuntariamente hacia América para no volver jamás. Al llegar a la costa se erige un marco monumental junto a algunos vestigios de cepos y cadenas para indicar la puerta del no retorno. El lugar donde las cosas jamás regresan a ser iguales.

Siento que llegué a la orilla y subí en un barco sin rumbo y aunque extrañe la comodidad de lo conocido, ya estoy muy lejos de la orilla y yo no puedo regresar ni aunque pudiera. Porque el barco no retrocede en sus remos, no hay otros botes en ruta y solo mantengo un pensamiento intrusivo y rumiante, en donde salto del barco y nado con la aspiración de regresar a la orilla antes de morir ahogada.

Aspirando copiosamente, rescatando por bocas y nariz el aire que se escapa, con las piernas acalambradas y las espaldas besando el suelo, sueño que sí regreso. En esta fantasía despierta, mi cabello se llena de arena y las algas se enredan en mis pies. Cuando el aire vuelve a circular rítimicamente por mis pulmones, uso de mis codos para elevarme del suelo.

Pero al levantar la mirada y ver alrededor buscando los cepos que indican el camino de regreso, me percato de su ausencia y la extrañeza de lo que me rodea. Los árboles no florecen de la misma manera y la arena no tiene el mismo color, el agua salada se mueve en direcciones opuestas y animales nuevos vuelan en el cielo. Ante la punto de no retorno el mundo se presenta diferente y yo me quedo encallada en la arena, sin saber si he llegado al lugar equivocado o si el lugar que dejé nunca lo volveré a encontrar.